miércoles 19 de enero de 2011

Cortes

Esta falsa energía que se apodera de mi blanda piel, todas las noches de ojos abiertos y sus mañanas de oscuridad, no me llevan a ninguna parte. Porque este dolor, esta vez, no tiene remedio. Y ahora me doy cuenta por vez primera de lo inocente que he sido, de lo equivocada y estúpida que he llegado a ser. Este dolor que no se puede dejar de lamentar, que intuía como un juego, se ha plantado en mi jardín antes de que me diera tiempo a regarlo. Los nubarrones le quitan el sol y ni siquiera sueltan lágrimas. Gritan en la noche lanzando rayos y centellas sin fulgor, pero llenos de desesperanza. La sangre se amontona al final de las venas, cortando el ciclo de respiración, obligándome a morir cada segundo antes de tiempo. Es una rabia que no se puede descargar, una punzada que desgarra las carnes y los patrones del traje del alma. Aniquila como un fantasma. Como una niebla espesa y tibia. Como un silbido aterrador. Una alegría, una sonrisa que no tiene un origen cierto, instalada en mi cara de boba para sopesar el desconcierto que en realidad invade todo mi cuerpo y mis pensamientos cada hora del día. Amargo final, baldosa hueca que nos hará caer. Ruido de cristales punzantes y manchados regados por el suelo. Me duele, como jamás nada me había hundido. No quiero observar ese desenlace, no quiero sentir este dolor. Sola, no quiero que te vayas... sola, no quiero que me despidas... El sinsentido final que hurgará en mis pobres entrañas, y entonces sí, todas las lágrimas serán derramadas como un río sin destino corriendo a velocidad vertiginosa en un día gris infinito...


2 antídotos antipánico:

Julia Delgado dijo...

Ay..

SegundoPremio dijo...

Es tan expresivo y sensorial que hasta duele leerlo... Muy desgarrador y muy bueno.
Aunque espero que, tras los cristales y los rayos, haya pronto algún otro texto sobre alcohol, tiritas y pararrayos :)

Delirante nº

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